En cierta tribu africana había un Oba que se llamaba Echu Okuboro. Con su mujer, Agñagui, tuvo un hijo al que llamaron Elegguá. Creció el muchacho y, como Obaloye que era, le nombraron su correspondiente séquito.
Un día Elegguá salió a pasear y al llegar
a un cruce de cuatro caminos paró de repente el caballo. Los guardias, sin
saber la causa, se pararon también. Unos segundos después, Elegguá se desmontó
y dio unos pasos, se detuvo y repitió toda la operación tres veces, hasta
llegar al lugar donde vio aquello que lo hizo detenerse. Era sólo una luz, o
más bien dos ojos relumbrantes que estaban en el suelo. Fue un asombro para su
séquito, pues cuando llegaron al lugar vieron que Elegguá se agachó y cogió un
coco seco.
Aquel muchacho tan travieso
que no le temía a nada ni a nadie y que en todo se metía, fuera malo o bueno,
que tan pronto era tu amigo como tu enemigo, que estaba envalentonado por ser
príncipe, ¿era capaz de sentir temor por aquel insignificante coquito?
Elegguá
llevó el coco a su casa y le contó a sus padres lo que había visto, pero no le
creyeron. Entonces tiró el coco detrás de la puerta y ahí lo dejó. Pero un día,
reunida toda la casa Real en una fiesta, todos vieron con asombro las luces del
coco y se horrorizaron de aquello. Tres días después de la fiesta, Elegguá
murió. Durante el velorio el coco estuvo alumbrando, reverenciado con temor por
todos los concurrentes.
Mucho tiempo después de la
muerte del príncipe Elegguá, el pueblo pasaba por una situación desesperada y
los aguo se reunieron y determinaron que todo ocurría por causa del abandono en
que se encontraba el coco dejado por Elegguá y fueron a rendirle culto, pero
hallaron el coco vacío y comido por los bichos. Entonces deliberaron sobre lo
que se debía hacer con él, un objeto sin duda alguna sagrado, y decidieron
hacer todo lo posible por que perdurara a tráves de los siglos. Pensaron, por
fin, en la Otá (piedra), y la aceptaron lavada, poniéndola en un rincón, lo
cual se ha seguido haciendo hasta la actualidad.
Este fue el origen de
Elegguá. Por eso se dice:
Iku lobi ocha (el Muerto parió al Santo), y es una
gran verdad que si no hay muertos no hay santos.
Por esa razón se atiende primero al Muerto, y
se mienta primero a Eggun cuando vamos a darle Obi (el coco), pidiéndole de
este modo:
Embelese Olodumare ibae baye tonu, Iba baba lloni iba apetevi ayafa,
Iba Kabachele.
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